Los niños necesitan tiempo para jugar, imaginar, construir, dibujar, inventar historias y probar qué ocurre cuando hacen las cosas de manera diferente. Sin embargo, actualmente buena parte de su tiempo de ocio transcurre frente a contenidos ya creados: vídeos, series, videojuegos y otros estímulos digitales que están siempre disponibles. Estos elementos también son atractivos y, a menudo, didácticos, pero cuando ocupan gran parte de su tiempo libre, dejan menos espacio para que los niños exploren sus propias ideas, algo especialmente importante durante esta etapa de crecimiento.

Consumir no es lo mismo que crear

Aunque los niños pueden disfrutar y aprender de series, dibujos animados u otros contenidos, en ellos siguen una historia previamente elaborada. Al crear, en cambio, tienen que decidir qué quieren hacer, cómo hacerlo y qué cambiar cuando algo no funciona. La diferencia está en que dejan de ser receptores de una experiencia para convertirse en protagonistas de ella.

Y es precisamente en ese proceso donde entran en juego distintas habilidades cognitivas.

El papel del cerebro en la creación 

Cuando un niño crea, transforma una idea en algo concreto. Decide qué quiere construir, dibujar o cocinar, piensa qué necesita para hacerlo, elige entre distintas opciones y busca otra manera de hacerlo si algo no sale como esperaba. Ese proceso pone en práctica habilidades como planificar, tomar decisiones, anticipar resultados y resolver pequeños problemas.

En estas tareas interviene especialmente la corteza prefrontal, una región del cerebro relacionada con funciones como la planificación, la toma de decisiones, el control de los impulsos y la adaptación de la conducta a cada situación. Su desarrollo se prolonga durante muchos años. Por eso, cuando un niño tiene oportunidades para decidir, probar, equivocarse y volver a intentarlo, está ejercitando habilidades que le ayudarán a desenvolverse con mayor autonomía a medida que crezca.

Crear también exige mantener la atención. Cuando la actividad despierta su interés, puede permanecer concentrado durante un periodo prolongado porque tiene un objetivo que le importa. 

Además, el proceso creativo obliga a tolerar que las cosas no salgan a la primera. Una torre que se cae, un dibujo diferente al imaginado o una receta que no queda como esperaba obligan a revisar lo ocurrido y buscar otra manera de hacerlo. Esa experiencia ayuda a desarrollar estrategias para enfrentarse a la frustración y entender el error como parte del proceso.

El valor de lo manual

Las actividades manuales tienen un papel fundamental dentro del desarrollo infantil. Recortar, modelar plastilina, coser, cocinar o construir con materiales reales les permite trabajar la motricidad fina y la coordinación entre la vista y la mano, habilidades que le facilitarán escribir con soltura.

Pero esta relación va más allá de la escritura. Una investigación publicada en Frontiers in Psychology descubrió que la destreza manual a los cuatro años predice un buen resultado en matemáticas –por encima de la lectura– en los primeros años de primaria. La explicación está en que manipular objetos entrena la capacidad de imaginar el espacio mentalmente, lo que se conoce como razonamiento visoespacial. 

Los materiales reales tienen además sus propias reglas: la arcilla se hunde, el pegamento tarda en secar, el papel se rompe. El niño aprende a esperar, a ajustar y a empezar de nuevo, algo que no ocurre viendo series o películas. Además, que el resultado sea algo material que se pueda tocar, enseñar y conservar, refuerza la sensación de haber conseguido algo por sí mismo.

Cómo influye en su personalidad

La experiencia de crear algo por uno mismo aumenta la autoestima y aporta más seguridad para probar cosas nuevas.

Crear también es una forma de expresión. Muchos niños todavía no encuentran las palabras adecuadas para explicar lo que sienten, pero lo saben plasmar en un dibujo, una historia inventada o un juego simbólico.

Además, en el proceso creativo las cosas no siempre salen a la primera. Con cada nuevo intento se aprende a perseverar, a adaptarse a los imprevistos y a ser resiliente.

Dejar espacio al aburrimiento

Solemos intentar llenar cada hueco libre con una actividad o una pantalla para que el niño no se aburra. Sin embargo, ese momento incómodo de no saber qué hacer suele ser el punto de partida de la imaginación. Cuando el niño tiene que buscar por sí mismo en qué ocupar su tiempo, aparecen las ideas propias. 

Cómo fomentar la creatividad en casa

Para crear y hacer manualidades no hace falta tener grandes recursos ni planes elaborados. Con materiales sencillos, tiempo y un entorno que valore el proceso más que el resultado es suficiente. Aquí tienes algunos consejos para ponerlo en práctica:

  • Tener a mano materiales accesibles: papel, pintura, cartón, cinta adhesiva, plastilina o retales de tela.
  • Reservar momentos de la semana sin pantallas ni actividades programadas.
  • Ofrecer materiales en lugar de instrucciones para que dejen volar su imaginación.
  • Preguntar por el proceso en lugar de valorar solo el resultado: “¿Cómo se te ha ocurrido?”, en vez de “¡Qué bonito!”.
  • Crear junto a ellos sin dirigirlos ni corregirlos, dejando que lleven la iniciativa.
  • Aceptar cierto desorden como parte del proceso.
  • Guardar o exponer sus creaciones para que perciban que tienen valor.