A lo largo de la infancia, los niños se encuentran a diario con pequeñas situaciones que pueden generar frustración: un juguete que no consiguen encajar, un examen que no sale como esperaban o una partida que termina en derrota. Ante estas experiencias, es habitual que los adultos intentemos intervenir para evitarles el malestar y solucionar rápidamente aquello que les preocupa. Sin embargo, aprender a enfrentarse a estas pequeñas frustraciones, siempre que exista un acompañamiento adecuado, es una parte importante de su desarrollo emocional y les ayuda a adquirir recursos para afrontar las dificultades que encontrarán a lo largo de su vida.
Qué ocurre cuando evitamos la frustración
Cuando un adulto interviene constantemente para resolver cualquier contratiempo, el niño pierde la oportunidad de aprender algo esencial: encontrar por sí mismo la manera de afrontar las dificultades. Esta capacidad se construye poco a poco a través de experiencias cotidianas en las que el niño tiene que esperar, equivocarse, buscar alternativas y volver a intentarlo.
Si un niño está acostumbrado a que los adultos resuelvan rápidamente aquello que le resulta difícil, llegará a la adolescencia con menos recursos para gestionar los contratiempos.
El papel del cerebro en la gestión emocional
La capacidad de tolerar la frustración madura poco a poco, a medida que se desarrolla el cerebro. La corteza prefrontal, que es la zona encargada de regular los impulsos y de tomar decisiones, tarda años en completar su desarrollo. Es por eso que los niños pequeños responden a la frustración con reacciones tan intensas.
Cada vez que un niño atraviesa una situación difícil y logra salir de ella, entrena ese circuito cerebral. Con la repetición, las respuestas se vuelven cada vez más ajustadas.
Acompañar no es lo mismo que resolver
Conviene hacer una distinción importante: permitir que un niño se enfrente a una dificultad no significa dejarlo solo ante unas emociones que todavía está aprendiendo a gestionar. Se trata de acompañarlo durante el proceso, reconocer lo que está sintiendo, ayudarle a poner palabras a sus emociones y transmitirle confianza, sin intervenir inmediatamente para eliminar aquello que le genera malestar.
Frases como «veo que esto te está costando» o «confío en que puedes intentarlo de nuevo» cumplen una función muy diferente a la de resolver la situación en su lugar. Este tipo de acompañamiento le permite sentirse comprendido y, al mismo tiempo, mantener el protagonismo sobre el reto al que se enfrenta. Resolverlo directamente, aunque la intención sea protegerlo, puede transmitirle el mensaje contrario: que no tiene capacidad para hacerlo por sí mismo.
Situaciones cotidianas como entrenamiento
El día a día ofrece muchas oportunidades para que los niños aprendan a enfrentarse a pequeñas dificultades:
- Dejar que intente atarse los zapatos varias veces antes de ayudarle
- Permitir que pierda un juego de mesa sin cambiar las reglas para que gane
- Sostener la espera cuando algo no puede conseguirse de inmediato
- Acompañar una tarea escolar difícil sin dar la respuesta directamente
El objetivo no es generar sufrimiento innecesario, sino ofrecer dosis de dificultad ajustadas a la edad del niño, para que su margen de tolerancia crezca poco a poco.
Adaptar el reto a cada edad
La tolerancia a la frustración no se entrena igual a los tres años que a los diez. Un niño pequeño necesita retos muy breves y acompañamiento constante, porque su capacidad para esperar o para gestionar el enfado todavía es muy limitada. Basta con dejarle intentar una tarea sencilla dos o tres veces antes de intervenir.
A medida que crece, el margen puede ampliarse. Un niño de siete u ocho años ya puede sostener esperas más largas, aceptar una negativa razonada o terminar una tarea escolar que le cuesta, siempre que sienta que el adulto confía en él. En la preadolescencia, el reto pasa por dejar que asuma las consecuencias de sus propias decisiones, como no haber estudiado lo suficiente para un examen, sin rescatarlo de esa experiencia.
Ir ajustando la exigencia evita dos extremos igual de problemáticos: exponer al niño a una dificultad que todavía no puede gestionar –lo que genera bloqueo– o protegerlo en exceso –lo que impide cualquier aprendizaje–.
Los beneficios a largo plazo
Los niños que aprenden a tolerar la frustración desarrollan una mayor capacidad para perseverar cuando se enfrentan a tareas difíciles. Su autoestima se construye a partir de experiencias reales en las que han podido comprobar que son capaces de superar obstáculos, en lugar de depender de que las cosas siempre salgan bien. Además, cuentan con más recursos para gestionar los conflictos con los demás y suelen adaptarse mejor a los cambios, al entender que no todo ocurre como estaba previsto y que afrontar estas situaciones también forma parte del aprendizaje.
En definitiva, dejar espacio para la frustración es una forma de cuidado a largo plazo. Algunas claves que ayudan a ponerlo en práctica:
- Resistir el impulso de resolver cada dificultad de inmediato
- Validar la emoción antes de buscar soluciones
- Ajustar el nivel de exigencia a la edad del niño
- Celebrar el esfuerzo y la persistencia, no solo el resultado
- Ofrecer compañía emocional sin sustituir su capacidad de actuar
- Confiar en que el niño cuenta con recursos propios para salir adelante
Comentarios recientes