El verano invita a los más pequeños a pasar horas al aire libre: en la piscina, en la playa, en el parque. Y, aunque la actividad física y el juego son hábitos muy saludables en estas edades, el calor intenso de julio y agosto puede suponer un riesgo real para su salud si no tomamos las precauciones necesarias. Los niños son especialmente vulnerables a las altas temperaturas porque su sistema de regulación térmica aún no está del todo maduro y, además, suelen estar tan absortos en el juego que no reparan en las señales que les envía su propio cuerpo.

Conocer cómo actúa el calor sobre el organismo infantil, saber identificar los primeros síntomas de alerta y adoptar hábitos sencillos de prevención puede marcar una diferencia importante.

 

Cómo afecta el calor al organismo de los niños

Cuando la temperatura exterior es muy elevada, el cuerpo trabaja activamente para enfriarse: aumenta la sudoración y redirige el flujo sanguíneo hacia la piel. En los niños, este mecanismo es menos eficiente que en los adultos: sudan menos, lo que dificulta que el cuerpo elimine el calor, y su metabolismo más acelerado hace que se deshidraten con mayor rapidez. Todo ello los hace más propensos a sufrir deshidratación y, en situaciones de exposición prolongada, un golpe de calor.

Además, los bebés y los niños más pequeños dependen completamente de los adultos para hidratarse y protegerse. No pueden expresar con claridad que tienen sed o que se sienten mal, lo que exige una vigilancia especialmente atenta por parte de quienes los cuidan.

 

Señales de deshidratación: lo que hay que observar

La deshidratación en los niños puede progresar de forma rápida y silenciosa. Algunos de los primeros indicios son la boca y los labios secos, la disminución de la frecuencia urinaria, y la orina de color amarillo oscuro. A medida que avanza, pueden aparecer cansancio, irritabilidad, llanto sin lágrimas, ojos hundidos y piel menos elástica al tacto.

En estos casos, lo más importante es reponer líquidos con calma y sin demora, ofreciendo agua o soluciones de rehidratación oral en pequeñas cantidades y de forma frecuente. Si los síntomas persisten o se intensifican, es necesario consultar con un profesional sanitario.

 

El golpe de calor: una emergencia que hay que reconocer

El golpe de calor es una situación más grave que requiere atención inmediata. Se produce cuando el organismo ya no es capaz de regular su temperatura y esta sube por encima de los 40 ºC. A diferencia del agotamiento por calor –que suele ir acompañado de sudoración abundante–, en el golpe de calor la piel puede estar seca y enrojecida, precisamente porque el mecanismo de sudoración ha fallado.

Otros síntomas que deben encender la alarma son la confusión, el comportamiento extraño, el dolor de cabeza intenso, las náuseas, la respiración acelerada y, en casos más severos, la pérdida de consciencia o las convulsiones. Ante cualquiera de estas señales, hay que llamar a los servicios de emergencia de inmediato, trasladar al niño a un lugar fresco y sombreado, y aplicar paños húmedos o agua fría en la piel mientras se espera ayuda.

 

Prevenir es la mejor estrategia

Afortunadamente, la mayoría de los problemas relacionados con el calor se pueden evitar con medidas cotidianas y fáciles de incorporar a la rutina familiar.

Hidratación constante. No hay que esperar a que el niño tenga sed para ofrecerle agua. Durante los días de mucho calor conviene que beba con regularidad, especialmente si está activo. Las frutas y verduras con alto contenido en agua –sandía, melón, pepino, fresas– también contribuyen a mantener una buena hidratación de forma apetecible.

Evitar las horas de mayor radiación. Entre las 12 y las 17 horas, el sol tiene mucha más intensidad. Organizar las actividades al aire libre a primera hora de la mañana o al final de la tarde es altamente recomendable.

Ropa adecuada. Las prendas ligeras, holgadas y de colores claros permiten que el cuerpo transpire mejor. Un sombrero o gorra es imprescindible para proteger la cabeza y la cara.

Nunca dejar a un niño dentro de un vehículo. Aunque parezca una advertencia obvia, es una de las causas más frecuentes de golpe de calor en verano. La temperatura dentro de un coche puede subir de forma vertiginosa en cuestión de minutos, incluso con la ventana entreabierta.

Espacios frescos y sombra. Si las temperaturas son extremas, conviene limitar el tiempo de exposición directa al sol y buscar zonas con sombra o climatizadas para que el cuerpo pueda recuperar su temperatura.

El verano en familia es una época de disfrute. Con información y algo de planificación, el calor no tiene por qué convertirse en un problema. Observar a los niños, anticiparse a sus necesidades y mantener unos hábitos básicos de protección son los mejores aliados para que estos meses sean, sobre todo, un recuerdo feliz.