La Cantina Ebro no es un restaurante convencional. Es un espacio formativo en el que, cada sábado, un grupo de jóvenes convierte meses de aprendizaje en platos que sirven a comensales reales. Lo que en apariencia parece sencillo, en realidad encierra un gran logro.
Mesas donde se disfruta mucho sabor
Ana y Ricardo han venido por primera vez. “Me ha gustado mucho el espacio y me parece muy interesante el proyecto, que los chavales estén aprendiendo mientras trabajan de verdad, con público real”, explica Ricardo. Lo que más le sorprende es el contraste: entrar en un centro de formación “y que luego se convierta en un restaurante”. Ana, vegana, destaca que ha podido comer “unos platos muy ricos”, y entre ellos destaca una tempura con mayonesa de wasabi: “cosas sencillas con un punto innovador que está guay”.
Sobre el servicio, Ricardo no tiene dudas: “prefiero este servicio al de otros sitios a los que he ido, de mucho más nivel”. Ana añade que parte de la experiencia es comprender la dedicación y el apoyo que sostienen el proyecto: “que eso sea posible para que sigan formándose”.
Susan viene por segunda vez, recomendada por un amigo. La convencieron la opción vegana y el precio asequible, pero lo que la fideliza es otra cosa: “esperas a ser invitada a entrar, te dan la bienvenida, y ves a los chicos un poco nerviosos preparados para servirte”. En esta visita el emplatado le ha parecido especialmente logrado, y el pan recién hecho ha sido el detalle final para irse más contenta que la primera vez.
Delantales llenos de ilusión
Sofía tiene 16 años, estudia primer curso de Grado Medio de Cocina y hasta ahora nunca había profundizado en la hostelería. Su gran descubrimiento en Gastronomix ha sido inesperado: le gusta la sala. “Lo mío son los cafés, hablar con la gente, la sala en general”, asegura.
Su compañero Raúl, también de 16 años, llegó con una motivación clara: “quería aprender más técnicas y tener más experiencia”. Los resultados hablan por sí solos: desde que forma parte del Proyecto Gastronomix le van mejor los exámenes y el enfoque práctico le facilita la teoría. Ha aprendido a limpiar alcachofas, a cocinar pollo al mole, a preparar arroz negro con tinta de calamar. Y, como Sofía, ha llegado a la misma conclusión sobre el propósito de todo esto: “hacer feliz al cliente”.
En Sweet Gastronomix, está Meriam, de 17 años. Cuando le contaron el proyecto, ya tenía en mente apuntarse. “Toda mi familia está en hostelería y, en especial, mi tía en Marruecos que se dedica a hacer dulces. Vi claro que era la mejor forma de seguir aprendiendo”. Ahora sabe hacer cinnamon rolls y berlinas.
A su lado en la mesa de amasar está Guille, también de 17 años, que desde pequeño quiso ser cocinero, pero con el tiempo fue descubriendo que lo suyo era la panadería y la repostería. Cuando supo que este año volvía la formación de Sweet, no lo dudó. Ahora entiende cosas que antes no sabía cómo se hacían, como el pan sin gluten, y valora la responsabilidad que implica el trabajo en equipo.


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